viernes, 10 de mayo de 2013

Poema de René Daumal

Hechos Memorables por René Daumal


Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenegal de tu corazón.
Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el yugo!
Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.
Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída. Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único".

viernes, 3 de mayo de 2013

El hombre astuto y el diablo

Los que refieren la historia cuentan que el hecho ocurrió hace muchos años en un lugar desconocido. Dicen que un hombre caminaba por una calle alejada y de pronto se encontró con el diablo.  El príncipe de las tinieblas lucía completamente abatido, el hombre sintió curiosidad y le propuso ir a tomar un café.
En el bar, el diablo le explicó que su estado lamentable se debía a que se había acabado su negocio. Entonces le contó que él solía comprar almas y quemarlas hasta hacerlas carbón porque antes cuando la gente moría portaba almas muy gordas que podía llevar al infierno y los diablos estaban agradecidos. Pero ahora todos los fuegos del infierno estaban apagados porque cuando la gente moría ya no tenía alma.
Así que el hombre meditó un instante y luego le dijo que quizá podían hacer un trato: “Enséñame cómo hacer almas y te daré una señal para mostrarte qué personas tienen almas hechas por mí”, dijo y pidió más café. Entonces el diablo pensó que era una buena idea y le explicó que debería enseñarles tan solo a recordarse a sí mismos, a no identificarse y a no tener emociones negativas. Le aseguró que si lograban hacer esto durante un tiempo desarrollarían sus almas.
Poco tiempo después, el hombre puso manos a la obra siguiendo fielmente las indicaciones del diablo, organizó grupos y enseñó a la gente el método para crear almas. Algunos de ellos trabajaron seriamente intentando no identificarse, recordarse a sí mismos y eliminar sus emociones negativas. Así es que cuando morían y llegaban a la puerta del paraíso San Pedro estaba allí a un lado con sus llaves mientras que el diablo, con su tridente, estaba al otro lado y cuando San Pedro estaba a punto de abrir la puerta, el diablo decía: “Puedo preguntar sólo una cosa, ¿se acordó de sí mismo?” y la gente decía: “Sí, sin duda”. Y entonces el diablo decía a San Pedro: “Disculpe, pero éste es mío”.
Por mucho tiempo esto funcionó y el diablo volvió a estar alegre hasta que un día alguien pudo comunicar a la tierra lo que estaba sucediendo en la puerta del paraíso. Y sucedió que la gente fue a ver al hombre que había hecho el trato con el diablo y lo increparon: “¿Para qué nos enseñas a recordarnos a nosotros mismos si cuando decimos que hemos hecho esto el diablo nos lleva al infierno?”, a lo que el hombre respondió: “¿Y yo cuándo les dije que tenían que decir lo que les había enseñado?, ¿no les enseñé, además, a ser discretos?”.
La gente confundida reaccionó: “Pero es que son San Pedro y el diablo”. Y el hombre astutamente concluyó: “¿Cuándo vieron a San Pedro y al diablo en los grupos? Yo hice un acuerdo con el diablo, pero también concebí un plan para engañarlo. Pero si ustedes no son discretos…